Gustavo como
todas las mañanas se levantaba a tomar desayuno en familia. Su padre, cuatro
hermanas y su madre la cual se ocupaba de que no faltase nada. Un gran vaso de
leche fresca, que entregaba el lechero todas las mañanas, Gustavo disfrutaba de
su leche y de la nata con un dejo de azúcar, pan amasado caliente con margarina
derretida. Disfrutaba los regocijos de ser el menor de los cinco hermanos, esta
rutina los acompañaba todas las mañanas, luego de desayunar desde el umbral de
la puerta principal le gritaba a su padre el amor que el tenía y contemplaba
como se alejaba su padre al trabajo desde la rivera del río Bio Bio, a veces
asistía al colegio –las menos- acompañaba a su madre en la rutina del hogar,
corría con sus amigos a la orilla del río a buscar el pelo vivo; que las viejas
del Alto Bio Bio contaban se encontraba en el río, lo buscaban y especulaban de
un también cuero vivo, tiraban piedras desde la copa de agua para ver quien
llegaba más lejos lo mismo hacían cuando orinaban. Era la hermosa inocencia de
los siete años, en eso se divertía hasta que veía que su padre regresaba con el
bolso a milímetros del suelo, el serrucho asomado y el pelo cano por el aserrín,
corría lo abrazaba y regresaban juntos a la casa donde esperaban la madre y las
hermanas. Una y otra mañana se repetía esta rutina que a Gustavo mucho le
agradaba, se mantenía su infancia intacta.
Era Julio del
noventa y cinco Gustavo se levanto y no encontró la nata, la lata del horno
frío y los sollos de su madre en el dormitorio contiguo, corriendo busco a su
padre y su impresión fue mayor cuando encontró a su padre parado sobre la cama
con la espalda contra la muralla, como si esta se fuese a caer, la mirada
desconcertada miraba hacia el techo y luego a la pared y luego al techo y luego
a la pared, la mirada perdida no enfocaba y gritaba – los cangrejos están en el
techo, los cangrejos están en el techo!! Y los cien pies, los cien pies bajan
por la pared, no quiero, no quiero salir!! Esta gente me quiere dañar. A Gustavo
no le gustaba lo que veía menos lo que oía. En su desesperación corrió hacia el
umbral de la puerta una vez allí esta se abrió bruscamente y cinco hombres de
blanco lo empujaron para poder entrar, camilla en mano y correas de cueros en
los hombros. Gustavo no entendía. Se paro de un salto y tres pasos estaba junto
a su papá lo abrazo fuertemente y no lo soltó; uno de los hombres lo tomó y lo
arrojo sobre la cama de su padre. Gustavo era tan solo un niño. Desde ahí vio
como los hombres amarraban a su padre con las correas de cuero para
paralizarlo. Una imagen desconcertadora. Desde el living sus hermanas y su
madre evitaban que Gustavo mirara. –Hijo sal, ve a buscar ropa a papá. El no
quería separarse, insistía en ver que era lo que sucedía. –Hijo sal, ve a
buscar el bolso de papa. Insistía en estar ahí junto a él.
Los gritos del
padre desconcertado atado a la camilla, no dejaban tranquilo al pequeño
Gustavo. Paralizados ambos padre e hijo no entendían que sucedía, por un
costado de las amarras tomo la mano de su padre y no lo soltó avanzo junto a el
hasta el umbral de la puerta principal. -Ayúdame mi pollito, no se quienes son
estos hombres, ¿qué hacen aquí esas mujeres?, arranca, corre, corre los
cangrejos están en el techo y los cien pies, los cien pies bajan por la pared!!
Corre, corre. Desde el umbral se miaron fijamente, eternamente.
–Te amo hijo. Ayúdame!!,
no se quienes son. Esa mañana para Gustavo todo era diferente, el te amo y la
despedida como de costumbre desde el umbral rompía su rutina tenía todo de amargo y de agraz. Gustavo ya
sabía que esa despedida sería un adiós y desde ahí vio como a su padre lo
subían al auto de los hombres de blanco y poco a poco se alejaban y con ellos
también su padre, su infancia y su inocencia. Todas las mañanas Gustavo se
paraba en el umbral a ver si volvía, cada día con mayor esperanza. Al séptimo
día la historia se repetía la lata del horno fría y los llantos desgarrados en
el living lo conmovían.
-Papá se fue, ya
no va a volver. Gustavo soltó solo una lágrima se aferró fuertemente a las cinco mujeres que lo rodeaban y respondió
–Tranquila mamá, tranquilas hermanas ya lo sabía.